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La esclavitud de ARISTÓTELES en el siglo XXI.

Consciente estuvo el Estagirita de que el hombre como ser es sociable, indiscutiblemente una cualidad inherente, ahí yace el requerimiento de “establecer la regla de vida de la asociación política”, con fines de procurar el orden y el bien común. Muy acertado estuvo cuando dijo que la Justicia es una necesidad social, y no menos cuando criticó la teoría de la comunidad de bienes. Atención merece el hecho de que aquella figura de la esclavitud a la que se referían grandes pensadores de otrora, entre ellos Aristóteles, se presenta hoy día en las organizaciones políticas contemporáneas cubierta de un velo que disuade su oscura esencia, obviamente, como los tiempo cambian, los requerimientos no son los mismos, tampoco las funciones, ni sus caracterizaciones.

El griego esgrimió sus argumentos razonados que le inducen a defender la tesis de que “todo servidor es como un instrumento que antecede a otros instrumentos y los coordina”, pero añado, aunque la sociedad le atribuye los méritos a ese servidor, constatamos en proporción considerable de casos, que quien presuntamente coordina no hace honra a dicho término, sino que funge únicamente como depositario de los créditos, inaplicándose la formulación de que “el ser que manda tiene que poseer la virtud moral en toda su perfección”, pues no hace lo que debe hacer en el tiempo y espacio, incumple el ejercicio de sus funciones y atribuciones.

El esclavo contemporáneo no es un “impío ni salvaje animal”, más es un “instrumento animado”, un “instrumento para la acción”, que hasta cierto punto algunos productos de sus capacidades o dones, vienen a ser propiedad de un señor empleador por tiempo determinado, o mientras perduren circunstancias que afiancen la relación; esto con la legítima condición de la no aprehensión corporal por desistimiento de la relación o su incumplimiento, lo que quiere decir que no hay disposición física, ni trato inhumano sobre el súbdito por este tipo de cuestiones; todo esto radicalmente opuesto a otrora. El esclavo no lo es de naturaleza, ya lo decía Teopombo, citado en la Política: “la ley es la que hace a los hombres libres y esclavos, no reconociendo la naturaleza ninguna diferencia entre ellos”. Creemos que en las sociedades justas, la libre determinación humana permite al individuo decidir entre ser esclavo o señor, toda vez que los fines del estado lo permitan, y que las oportunidades recaigan en sobre los entes ideales equitativamente.

Mientras en las sociedades injustas la regla es aceptar el statu quo, no hay oportunidades equitativas para todo ser, pues debemos ceñirnos a la “autoridad de un señor”, quien puede ser o no un autócrata, lo que sí es notable es el predomino de la “ciencia propia del señor” en estos casos. La excepción es alcanzar el estado que el individuo se dispone, contra viento y marea, predicando que “quién por su inteligencia es capaz de previsión, es por naturaleza gobernante y por naturaleza señor”. Resulta un axioma que “la autoridad y la obediencia no son sólo cosas necesarias, sino que son eminentemente útiles”, ahora bien, si bien es cierto que algún don puede privilegiar con la capacidad de ser señor, no quiere decir que sea irrefragable el hecho que desde el momento de nacimiento, alguno vayan destinados determinantemente a obedecer, y otros a mandar. También persiste el derecho a la conformidad, mediante consentimiento del sujeto, endosando lo que deviniera, y evidente que para estos “la esclavitud es cosa provechosa y justa”.

Ernesto Guzmán Alberto

 

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