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El hombre de las gafas negras ha caído.

La vida activa e incidentada del presidiario era de conocimiento de todos. Sobre sus pasos recaía el interés público cada vez que con su fragancia y esplendor se resaltaba el brillo que iluminaba los focos de los camarógrafos. El intocable, intimidante e insoslayable, nunca pasaba por desapercibido. El temor que inspiraba su persona no fue más que producto del mundo de las drogas, del cual se dice no sólo estuvo en tránsito, sino que allí tenía formal domicilio y residencia. Con drama se introdujo en la palestra y con drama acaeció el suceso que lo ultimó. Su estilo era el de los grandes capos, con las más caras marcas que etiquetaban sus accesorios y un círculo impuesto por el Estado que con respeto y lealtad le guardaban su espalda.

La razón de esa lealtad tenía su costo, facturada sin comprobante fiscal. Era tal que al tenor de un Juez ordenarlo, un oficial no tuvo el coraje de retirarle las gafas al subjúdice en un Tribunal. Le caracterizaban la irreverencia, el orgullo y endiosamiento. Su natural altivez y respaldo económico llegó hasta a endosar la función de un fiscal a quien le acarreó un juicio disciplinario por favorecer al hombre de las gafas negras con una petición de libertad condicional. Vislumbrable resultaría que su fin correspondió a su soberbia, que al un guardia montao clausurarle su oasis semanal, tuvo como respuesta una agresión callejera que automáticamente activó el gatillo que culminó con su marcado paso nuestra tierra.

 

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